El País, con el 23-F

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Hace tiempo que lo de El País con el 23-F recuerda demasiado a la escena del abuelo junto al brasero dándole a la sin hueso recordando la Batalla del Albarracín, esa que casi le mata, esa en la que tuvo un papel tan decisivo, una batalla de la que todos los nietos, hijos y hermanos podrían escribir veinte folios, y cuya narración, en boca de un abuelo con demasiados años como para empezar ahora a faltarle al respeto, ya solo puede ser abrazada con condescendiente y paciente desesperación. Cuando el abuelo ofrece una tregua para tomar aire, solo los crujidos de la mecedora rompen el silencio de la sala, repleta de familiares que respiran, todos diciéndole con la mirada que sí al abuelo, todos preguntándose que a ver cuándo cojones está lista la cena para por fin poder dejar de escuchar al abuelo.

Antes de iniciar el lanzamiento de objetos punzantes, déjenme que les cuente una batallita que sí que es interesante y que el diario de Prisa no acostumbra a incluir en sus ya tradicionales homenajes auto felatorios ventitreseferos. Jacinto Antón, una de las mejores plumas de El País (y del país) participó en la intentona. Lo contó un 23 de febrero de hace 15 años en un magnífico artículo titulado Yo tomé el Congreso. Ese sí que es un modo brillante de honrar la efeméride, y no lo que sigue a continuación.

Ayer se cumplieron 35 años de aquella tarde en la que el teniente coronel Antonio Tejero interrumpió, con sus santos cojones, doscientos soldados y pistola en mano, la sesión de investidura como presidente de Leopoldo Calvo-Sotelo. Tres décadas y media después, para El País más bien parecieran haber pasado tres semanas y media. ¿Hasta cuándo les va a durar la serpentina? ¿Cuándo considerarán los de Miguel Yuste que ha quedado bien claro lo valientes que fueron? ¿Cuándo nos liberarán por fin de este vergonzante numerito en el que nos sumen cada año, misma repetición de datos, fotos y declaraciones, cada año los mismos especiales, cada año la misma grandilocuencia, el alma henchida, la mirada al infinito: “Sí, El País lo hizo”?

El periódico vino con llamada en portada y varias páginas dedicadas al asunto. Faltaría. Solo en la web, ayer se publicaron nueve piezas dedicadas al 23-F (y unas cuantas más los días previos). Por la mañana, Juan Luis Cebrián, por entonces director de El País, volvió a la SER para volver a soltar lo de que “teníamos que poder decirle a ellos que el Golpe no había triunfado fuera del Congreso y que había una ciudadanía dispuesta a no permitirlo”. Nada nuevo. Por la tarde, retransmisión en vivo del golpe de Estado a través de algo parecido a Eskup pero que ya no se llama Eskup porque Eskup ya ni está ni se le espera. Por la noche, la web de El País emitió un especial sobre cómo vivió el periódico en 1981 el intento de golpe de Estado. Dicho documental fue estrenado el lunes en el Cine Capitol de Madrid. Pero es que el domingo, El País Semanal dedicó dos páginas para lo de siempre: dos preciosas y más que vistas fotografías en blanco y negro. Y a otra cosa.

Todos sabemos que España es de esos países que, después de digerir sus asuntos, le gusta ir al cubo de la basura para rebuscar entre la roña de su pasado y ver si saca algo para la merienda. Con el 23-F hemos tenido años moviditos gracias a la Anatomía de un instante de Javier Cercas, y a la tontería aquella de periodismo de ficción que hizo Jordi Évole. Hemos tenido incluso foto de Tejero, y sus santos cojones, de veraneo en la playa, y a buen seguro aún nos quedan un par de capítulos más que no se liberarán hasta que se oficie un funeral o dos. Pero, hasta entonces, sería interesante que muchas personas dejasen de comerse  la polla de una santa vez.

La duda ni se contempla a la hora de alabar la relevancia (y astuta ambigüedad) del titular de aquella mítica portada, “El País, con la Constitución”, impresa el 23 de febrero de 1981 y, de nuevo, con motivo del 30 aniversario, en la contraportada del diario de hace cinco años. Aquel fue un bonito detalle y una manera digna de salir al paso, ofreciendo al lector una hermosa ventana al pasado por medio de un ejemplar digno de ser conservado en el cajón. Lo otro, la constante juerga y fanfarria, la ceremonia de medallitas que no acaba nunca, el seguir incidiendo 35 años después en todo aquello hasta el punto de casi hacer creer que la historia de lo acontecido aquel día discurre paralelamente a la de El País, la infinita matraca de cómo el periódico no iba a permitir aquello…en fin, cansa. A menos que vean la luz informaciones sobre un aguerrido Juan Luis Cebrián desarmando a Antonio Tejero con la sola ayuda de un periódico enrollado, que nos dejen en paz un rato.

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