Rivas, Jabois y Domínguez: cómo ‘El País’ tritura buenos reporteros

Manuel Rivas“Tenemos un exceso
de opinión desmedido”.
Antonio Caño.
Director de El País

En una entrevista con Ana Pastor, el director de El País, Antonio Caño, vendió el mensaje de que él, que llegaba de Estados Unidos, había aprendido de la escuela americana y que gracias a esa perspectiva mejoraría el periódico disminuyendo su exceso de opinión. Dos años después, Caño ha fracasado en ese punto. Y lo que es peor: el diario del grupo Prisa sigue siendo una máquina de triturar buenos reporteros para reconvertirlos en mediocres columnistas.

Ocurrió con Manuel Rivas y Maruja Torres. Ha ocurrido con Manuel Jabois. Y está ocurriendo con Iñigo Domínguez.

En El País, por algún motivo difícil de entender, en cuanto un reportero destaca los jefes le premian con una columna, que desafortunadamente suele llenar de obviedades y que escribe, a diferencia de los grandes ensayistas anglosajones, sin el trabajo previo necesario ya no para transmitir una opinión sino para siquiera tenerla. El autor deja de hacer lo que se le da bien, reportear, para limitarse a opinar sin haber investigado el asunto más allá de la lectura de un par de diarios. Esa tendencia en El País puede explicarse de dos formas: por un ego desmedido de sus periodistas, que les lleva a creer que sus opiniones son importantes, o por pereza, dado que resulta más sencillo leer cuatro periódicos mientras uno toma un café, escribir treinta líneas de un tirón y tenerlas listas antes de comer para dedicarse a otras cosas el resto del día, en muchos casos a trabajos que solo dan beneficios al interesado y no al diario.

Aunque irregular, Manuel Rivas (La Coruña, 1957) fue un gran reportero. En su obra ‘El periodismo es un cuento’ se recopilan sus mejores reportajes. El libro se editó en 1997 y, si se revisara hoy la obra, sería difícil añadir un solo texto más. Rivas se dedica desde hace ya varias décadas a redactar artículos de opinión, que reúne luego, tal vez para cobrar dos veces por el mismo trabajo, en libros como A cuerpo abierto, en el que lo más interesante era la foto de portada. Una de sus últimas columnas publicadas en El País por Rivas va sobre una cuestión tan revolucionaria como quejarse del frío en invierno y del calor en verano. “Estamos ‘empantallados’ hasta las cejas y no sabemos cuánto progreso y cuánto de pesadilla nos espera”, se quejaba de los móviles. Muy bien. Pagar 2,50 euros por el periódico del domingo para, con todos los respetos, leer lo que me puede decir mi madre. Muy bien.

Antes de parecer solo una loca, Maruja Torres (Barcelona, 1943) parecía una loca con talento. Había sido una reportera frívola en sus inicios, pero supo reconducir su carrera y destacar en El País. Llegó a una de las cimas del oficio, ser corresponsal de guerra, pero luego todo fue caída. Al ser despedida, Torres insultó al entonces director del diario por hacer lo obvio, quitar lastre, y lo contó en un libro. Su despido, argumentaba, se debía a su edad y la mala gestión de los dueños y no a su mediocridad. Las tres últimas columnas que escribió Torres estaban dedicadas a:

  1. comentar la intervención de una mujer en un programa de radio.
  2. defender la tesis de que “hay más dignidad en la uña del meñique de un desahuciado que en toda la cúpula que nos aniebla”.
  3. analizar un texto de otro autor.

En fin, en vez de trabajar, viajar y volver a ser reportera, Maruja Torres cobraba un pastón por escuchar la radio, leer un texto y defender la uña de los desahuciados.

Manuel Jabois (Pontevedra, 1978) lleva meses sin publicar un buen reportaje porque está muy ocupado interviniendo en la radio, grabando vídeos y escribiendo opiniones tan imprescindibles para el lector como que Pedro Sánchez “sonríe negando” y que Rafa Nadal, al borde de la treintena, tiene el cuerpo “maltratado”, un juego “irregular” y una “emoción desconocida”. Es llamativo que Caño, que decía estar convencido de que en España sobra opinión, no ordene a Jabois que se deje de chorradas y lo envíe a la calle a trabajar. Porque Jabois, y eso nadie debe olvidarlo, es capaz de escribir maravillas como esta.

El último gran reportero que está siendo triturado es Iñigo Domínguez (Avilés, 1972). Domínguez fichó por el periódico de Prisa en noviembre tras destacar como corresponsal y enviado especial de El Correo, dirigido por unos lumbreras capaces de dejar marchar a una de las mejores firmas de los diarios regionales de Vocento. Es un reportero que domina el humor. Es minucioso y polivalente. Ha firmado buenas crónicas, reportajes y entrevistas. En los primeros meses en El País, la dirección lo ha utilizado en gran parte para opinar de política. Estos días está en Polonia, escribiendo una serie de reportajes. Uno espera que, por el bien de todos, Caño recuerde lo que decía al llegar al mando en 2014 y se dé cuenta de que resulta absurdo perder un gran reportero para ganar un mediocre columnista.

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